Vida espiritual
El conectar conmigo es esencial.
Recorrido personal
En mi recorrido personal, la espiritualidad ha sido más que una práctica: ha sido un espacio de descubrimiento. Recuerdo una caminata al atardecer en Escobedo, cuando la presión de los estudios parecía demasiado. Ese momento de silencio, viendo cómo el sol se escondía detrás de los cerros, me enseñó que la calma puede ser la mejor respuesta frente al caos.
Durante mi estancia en Madrid, encontré un grupo de estudiantes que se reunía en la biblioteca para meditar. Al principio lo vi como una curiosidad, pero pronto entendí que esos minutos compartidos eran una forma de conectar con algo más grande que nosotros mismos. Esa experiencia me mostró que la fe también se construye en comunidad.
En Stanford, la vida académica era intensa, y lo que me sostuvo emocionalmente fue la música. Un compañero me invitaba a tocar guitarra después de largas jornadas de investigación, y esas noches se convirtieron en un ritual que equilibraba mi mente y mi corazón.
Ya en mi vida profesional, mi perro se transformó en mi maestro espiritual. Su entusiasmo diario, su fidelidad silenciosa y su alegría simple me recordaron que la plenitud está en lo cotidiano.
Hoy, mi espiritualidad y mi vida emocional no son discursos, sino experiencias vividas que me enseñaron que la paz interior se construye en momentos pequeños, compartidos y auténticos.
Berlín
En un viaje a Berlín, visité una iglesia histórica que parecía detener el tiempo. Al entrar, el eco de los pasos se mezclaba con un silencio profundo que me envolvió por completo. No había música ni discursos, solo la quietud del lugar. Ese silencio me conectó con mi propia historia personal: recordé mis inicios en Escobedo, los retos académicos y las decisiones que me habían llevado hasta ahí. Fue un momento de introspección que me enseñó que la espiritualidad no siempre necesita palabras, a veces basta con escuchar lo que llevamos dentro.
Los Ángeles
Durante una conferencia en Los Ángeles, la presión de hablar frente a cientos de personas era enorme. Minutos antes de subir al escenario, decidí practicar respiración consciente: inhalar profundamente, sostener el aire, exhalar lento. Esa técnica me dio una serenidad inesperada. Cuando finalmente hablé, transmití seguridad y logré conectar con el público de una manera auténtica. Lo más curioso es que varias personas después me comentaron que no solo les interesó mi presentación, sino que sintieron confianza en mi forma de expresarme. Esa experiencia me enseñó que la calma interior puede ser la clave para proyectar liderazgo.
Monterrey
En un retiro de liderazgo en Monterrey, participé en dinámicas de confianza grupal que iban desde ejercicios de comunicación hasta actividades físicas donde dependías del apoyo de los demás. Al principio, soltar el control y dejar que otros te sostuvieran era difícil, pero poco a poco entendí que la verdadera fortaleza no está en competir, sino en aprender a confiar. Esa experiencia reforzó mi capacidad de empatía y resiliencia, y me mostró que el liderazgo no se trata de imponer, sino de construir vínculos sólidos.
Medio ambiente y responsabilidad social y mejora del mundo

En Nuevo León
Mi primera experiencia ambiental fue en una campaña de reforestación en Nuevo León. Planté un árbol junto a estudiantes y vecinos, sin imaginar que años después volvería a pasar por esa misma calle y verlo crecer fuerte y frondoso. Ese árbol se convirtió en un símbolo personal: me recordó que las acciones pequeñas, casi invisibles al inicio, pueden dejar huellas enormes con el paso del tiempo. Lo más curioso es que cada vez que lo veo, pienso en cómo mi propia vida también ha echado raíces y se ha transformado con el tiempo, igual que ese árbol. Incluso algunos vecinos comenzaron a llamarlo “el árbol de los estudiantes”, porque representaba el esfuerzo colectivo de aquella jornada.

En Madrid
En Madrid colaboré con una ONG que organizaba limpiezas en parques urbanos. Lo interesante es que no se trataba solo de recoger basura: también pintábamos murales con mensajes de inclusión y esperanza. Esa mezcla de arte y medio ambiente convertía cada jornada en una fiesta comunitaria. Los niños pintaban junto a artistas locales, los vecinos se detenían a observar y muchos terminaban uniéndose a la actividad. Una vez, un mural con la frase “La ciudad también respira” se volvió viral en redes sociales, atrayendo más voluntarios en las siguientes jornadas. Esa experiencia me enseñó que la responsabilidad social puede ser creativa y alegre, capaz de transformar un espacio público en un lugar de encuentro y reflexión.

En Silicon Valley
En Silicon Valley participé en un proyecto universitario que buscaba reducir el consumo energético en startups. Diseñé una campaña interna que motivaba a los empleados a apagar equipos fuera de horario, con mensajes divertidos y recordatorios visuales en las oficinas. Lo sorprendente fue que no solo bajaron los costos de energía, sino que también mejoró la cultura laboral: la gente empezó a sentirse parte de un esfuerzo colectivo. Incluso se organizaron competencias amistosas entre departamentos para ver quién lograba mayor ahorro. Una startup pequeña logró reducir su consumo en un 20% y celebró con un evento interno que se convirtió en tradición anual. Esa experiencia me mostró que la innovación y la sostenibilidad no son conceptos aislados, sino prácticas que pueden integrarse en la vida cotidiana de las empresas.

Mexicoo
En México colaboré con una fundación que apoyaba a jóvenes de escasos recursos. Más allá de impartir talleres de comunicación, compartimos un viaje a un museo interactivo. Ver sus rostros de asombro frente a las exposiciones fue una experiencia profundamente gratificante. Muchos de ellos nunca habían visitado un espacio cultural de ese tipo, y la emoción de descubrir la ciencia y el arte en un mismo lugar reforzó mi compromiso con la educación y el altruismo. Lo que más me marcó fue escuchar a uno de los chicos decir: “Ahora sé que quiero estudiar algo relacionado con tecnología”. Ese instante me confirmó que el impacto social también se mide en sueños despertados. Al final del día, varios estudiantes pidieron volver al museo, y la fundación decidió convertir esas visitas en un programa permanente.

Experiencias internacionales
Mi visión de responsabilidad social se ha enriquecido con experiencias internacionales. En Tokio, participé en un foro sobre innovación sostenible y aprendí cómo la tecnología puede reducir el impacto ambiental en grandes ciudades, desde sistemas de transporte inteligente hasta edificios energéticamente eficientes. En Monterrey, colaboré en una campaña de reciclaje escolar que involucró a estudiantes y padres, creando conciencia desde la infancia y generando hábitos que perduran; incluso se organizaron concursos de creatividad con materiales reciclados. Y en Nueva York, asistí a un panel sobre responsabilidad social empresarial, donde compartí ideas sobre cómo las marcas pueden apoyar causas globales sin perder autenticidad. Lo curioso es que, en cada ciudad, la sostenibilidad se vivía de manera distinta: en Tokio era disciplina, en Monterrey era comunidad y en Nueva York era estrategia. Hoy, cada persona que se beneficia de un proyecto en el que participé es la prueba de que el marketing no solo conecta marcas con consumidores, sino también sueños con realidades.